Práctica 3: Deseos de Berlín

Después de opositar a policía nacional y no pasar las pruebas, Kai decidió presentarse a selectividad para matricularse en magisterio. Las opciones tampoco eran muchas, con un país sumido en una crisis que había destruido miles de hogares por los escasos puestos de trabajo, no le quedaba otra más que estudiar y seguir formándose.

3 meses más tarde Kai caminaba por Friedrichstrasse, absorto en sus pensamientos las luces navideñas que reflejaban en los cristales de los escaparates provocaban a su paso un efecto multicolor. Un hombre que salía de Starbucks con una bandeja repleta de café chocó contra él.

– “Entschuldigung” dijo Kai con su pobre pronunciación.

El hombre que a punto estuvo de tirar la bandeja apenas le miró y se dirigió hacia su mesa como si se hubiera topado con un fantasma.

brandenburgo Al girar a la derecha por la Unter den Linen se encontró de frente con la puerta de Brandenburgo, sus 11 metros de altura y su iluminación nocturna hicieron que se parara en seco a contemplar el asombroso monumento. Fue entonces cuando le vino a la mente sus amigos, los imaginó a todos desfilando bajos los arcos como si fuesen una tropa de Napoleón, vistiendo pantalones anchos, sudaderas y gorras todos del mismo color. Empezó a pensar en todo lo que había dejado atrás: sus amigos, su familia, sus estudios en la universidad…

Al pasar por Tier Garten vió un grupo de chicos jugando al fútbol, se preguntaba cómo le iría al equipo que entrenaba cuando estaba en Málaga. Cada fin de semana seguía los resultados por internet pero sentía añoranza de saber que no estaba ahí para dirigirlos. Uno de los chicos gritó y el balón se dirigía a Kai, este que se giró al escucharlo, lo controló con el pecho y se lo devolvió a bote pronto. Prosiguió su camino ante la asombrada mirada de los chicos que se quedaron perplejos al ver con la habilidad que les había devuelto la pelota.

Una vez en el metro la ciudad cobraba vida, gente de varias nacionalidades hablaban en distintos idiomas y fuera donde el frío se reflejaba en los cristales, los altos edificios y las luces eran muestra de tal majestuosa capital. Tomó asiento y frente a él una niña con su perro no dejaban de mirarle, Kai le dedicó una sonrisa que está le devolvió y su madre que llevaba prisa la agarró para bajarse en la siguiente parada. En su lugar un viejo hombre se sentó frente a Kai, tenía un antiguo abrigo con insignias en los hombros y guantes que solo le cubrían hasta los nudillos. Llevaba un libro con titulo en español de un autor hispano americano.

– ¿Es usted español?, le preguntó Kai.

– Si, soy de Valladolid, pero llevo aquí 40 años, desde el 12 de Agosto de 1961 – contestó el hombre.

– Vaya! Y vino para trabajar?

– No, lo hice por amor, aunque al principio resultó muy difícil.

– ¿Por qué? ¿Qué pasó?

– Ese día llegué y me alojé en un hostal, había quedado al día siguiente para encontrarme con la mujer más maravillosa de toda la República Alemana con la que me había estado escribiendo.

– ¿Qué pasó entonces? Preguntó Kai impaciente.

– Bajé por la mañana y compre unas preciosas flores blancas, me había vestido con mi mejor traje para impresionarla y caminaba por la calle con una amplia sonrisa. Sin entender lo que decían, veía gente que corría de un lado a otro como despavoridos, y conforme me fui acercando al punto de encuentro me lo encontré de frente.

– ¿El qué? ¿Qué se encontró?

– Una alambrada que ocupaba la mitad de la calle, una alambrada que más tarde pasó a ser un muro de hormigón de 3,6 metros de altura y 120 kilómetros de longitud: El muro de Berlin.

– ¿Y la mujer? ¿Dónde estaba su mujer?

– Estaba al otro lado, llevaba un precioso vestido rojo tal y como habíamos acordado y agitaba sus brazos para que le viese.

– ¿No podía cruzar para reunirse con ella?

– Había guardias que lo impedían, varios hombres que insistían en traspasarla discutieron con estos y sin mediar palabra les dispararon acabando con sus vidas.

– Puffff, que gore…

– No pude abrazarme a ella hasta 4 años más tarde cuando nos concedieron el permiso. En 1971 se restablecieron las comunicaciones telefónicas entre los dos sectores y hablábamos a diario. Intercalábamos nuestras conversaciones con las visitas vigiladas cuando nos concedían el permiso.

– ¿Y qué pasó entonces? ¿Pudieron juntarse al final?

– El 9 de Noviembre de 1989 cayó el muro y por fin pudimos estar juntos hasta la fecha.

berlin_kaiEl altavoz anunció la parada en la que Kai debía bajar, se despidió del hombre y caminó hasta su casa por la oscura calle Schönleinstrasse. Conforme  subía las escaleras un delicioso olor a sumak impregnaba todo el edificio. Abrió la puerta de casa, dejó su mochila junto a la entrada y se dirigió a la cocina. Allí estaba ella, una exótica joven turca que paralizó su corazón y bloqueo sus sentidos sin que pudiera percibir el aroma de la çipura que estaba preparando. Le abrazó por detrás y le dijo al oído:

– Ben geldim (ya estoy en casa).

Fue entonces cuando todas sus añoranzas, dudas o tristezas se disiparon. Un muro religioso que estaba convencido en derribar para poder estar con su amada como lo hizo el hombre del metro, siendo constante y haciendo caso a su corazón.

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